Érase una vez … la acrobacia

03 Abril of 2016 by

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¿Cómo las artes circenses se expandieron? Esta leyenda que aparece en el libro chino Historia imaginaria de los acróbatas de Wu-Quiao, editado por los Servicios de Cultura de la provincia china de Hebei y recogida  por Dominique Mauclair en Historia del Circo nos cuenta una versión de la época del emperador Amarillo.


El emperador Amarillo, a quien todos los chinos veneran como el padre fundador de su inmenso país, es un personaje imaginario cuya existencia real ningún habitante del Celeste Imperio pone en duda. Pasó su vida luchando contra los bárbaros, librando batallas que forjaron la unidad de la China y enriquecieron la leyenda, antes de que aparecieran los primeros emperadores históricos.

Durante una invasión, cuando estaba a punto de perecer, llamó a uno de sus generales, Li, y le pidió que acudiera a reclutar unas tribus aliadas, atravesando un bosque. El general emprendió el camino, anduvo durante un gran número de días a través del bosque y finalmente se perdió. Tras vagar extraviado durante jornadas, el militar se topó con dos carboneros que lo acogieron en su cabaña, salvándolo así de perecer hambre y fatiga. Para agradecer la ayuda que le prestaron, Li, una persona capaz de partir una manzana en dos partes con un solo golpe de sable, hizo una demostración de sus habilidades. Los carboneros no habían visto jamás nada igual y rogaron al militar que se quedara en el bosque con ellos, a fin de entretenerlos. El general aceptó la propuesta y fue así como las habilidades militares con el sable, tiro de precisión, uso del lazo y lanzamiento de cuchillos se convirtieron en parte del repertorio circense.

chino

Acróbatas chinos practicando el Wu-Chu, la acrobacia originaria del arte militar.

Al ver que el general Li no regresaba, el emperador Amarillo hizo llamar al general Chen, un guerrero dotado de una considerable fuerza. Le encargó la misma gestión que había encargado a Li. Chen emprendió la ruta, dejando a un lado el bosque y atravesando los terrenos pantanosos que rodeaban el campamento del emperador. Pero se perdió y fue socorrido por unos pescadores de anguilas. Para agradecer su ayuda, el general Chen transportó sobre sus hombros una chalupa con doce marineros, sus remos, el áncora y las velas. Después hizo malabarismos con calderos de bronce, un número que tuvo mucho éxito. Los pescadores rogaron al general Chen que se quedara con ellos para que les enseñara sus mejores trucos. De este modo los forzudos de feria y los malabaristas se unieron al mundo de los acróbatas.

El emperador Amarillo mandó aún a cinco generales más, pidiéndoles que escalaran montañas, que se hicieran a la mar en un cascarón de nuez, que se enfrentaran a los secos vientos del desierto, al hielo de los ventisqueros, al húmedo calor de la jungla. Los cinco generales, que sabían hacer juegos de malabares con jarrones, plegarse en cuatro, mantenerse en equilibrio apoyados sobre la cabeza, domesticar lobos y osos, hacer reír con sus muecas a los hipocondriacos y melancólicos, abandonaron el palacio imperial y no regresaron jamás. De este modo las artes circenses recibieron esas nuevas aportaciones.

Esta leyenda ilustra cómo el acróbata, en un principio, no podía ser sedentario. Para encontrar nuevos públicos a quien deleitar, estaba obligado a viajar sin cesar porque la cualidad principal de la acrobacia y de cualquier otro arte está en la sorpresa.

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