Malabareando en Bruselas por Lucas Zileri

21 Marzo of 2015 by

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“Concéntrate”, me digo a mí mismo mientras una pelota rueda por mi antebrazo en movimiento. Una fracción de segundo después, la pelota y el brazo por fin se detienen y esta queda posada sobre este en un delicado equilibrio. Sonrío, dejo caer la pelota y voy a por mi bloc de notas. Anoto. Continúo entrenando.


Me desperté hace casi doce horas, el sol todavía no había salido y a la alarma le faltaban tres minutos para sonar. La apago. Me levanto de la cama y voy a por el desayuno. Ocho tostadas. Lavarse los dientes. Preparar la mochila y besito de despedida. Afuera hace frío, por suerte me toma solo cinco minutos caminar a la escuela.

Cuando llego a la ESAC, los trampolines ya están siendo armados. Me sitúo en uno de los grupos y procedo a ayudar en el esfuerzo colectivo de desdoblarlos. Pesados y metálicos, ellos, y adormilados, nosotros, nos enfrentamos por la siguiente decena de minutos. Levantamos, sostenemos, encajamos y, finalmente, triunfamos. Celebramos siguiendo a JB, el único francés de la promoción y, por los siguientes quince minutos, también el encargado de dirigir el calentamiento de la clase de trampolín.

Termina el calentamiento y Axel, el profesor, nos pide que formemos un círculo por “dos minutos” porque necesita decir un par de cosas “importantes”. Axel es simpático, alto, flaco y uno de esos ex campeones de gimnasia que pueden, estando fríos, subirse al trampolín y demostrarte sin despeinarse que eso de “los años mozos” es más un estilo de vida que una época pasada. Axel es, también, un profesor que vive preocupado por el bienestar de sus alumnos. Le preocupan muchas cosas (nuestra motivación, nuestra salud, nuestros horarios), y resuelve sus preocupaciones de una sola manera: hablando… mucho.

Los “dos minutos” prometidos se multiplican y el par de cosas “importantes” resultan ser las complejas reglas del examen que haremos en abril. Febrero comenzó hace unos días y son las nueve de la mañana, así que, predeciblemente, son pocos los que intentan hacer el esfuerzo de grabar la información en su cerebro (y son menos aún los que lo logran, me atrevería a decir).

La acrobacia comienza cuando el discurso termina. Majo, Moa y yo nos auto-asignamos al trampolín de la derecha. Junto a este, está el trampolín en el que Toivo, Jimmy, Cristian, Diego y Lucía (finlandés, colombianos e italiana, en caso se lo estén preguntando) se turnan para intentar dobles mortales para atrás. Pisas fuerte, das un mortal, luego otro, y luego intentas caer sobre tus pies. Más fácil de describir que de hacer, créanme.

Axel les dice que pisen más fuerte, giren más rápido o esperen más en el aire antes de empezar a rotar, por ejemplo. Mientras tanto, uno de los que no está saltando se encarga de tirar el colchón que amortiguará la llegada del que sí lo esté haciendo, y los restantes tres se mantienen alrededor del trampolín en caso de que el colchón lanzado no amortigüe bien un mal arribo y el saltarín compañero amenace con terminar en el suelo. Hoy el sistema funciona bien, así que los intentos se encadenan sin mayores inconvenientes.

Inconveniente, sin embargo, es para mí la clase de trampolín después de la primera hora. Habiendo ya entrenado todas las figuras que suelo entrenar y no deseando jugar más con la delgada línea que divide las figuras que puedo hacer de las que no, le pregunto a Axel si puedo ir al mini gimnasio que hay en el tercer piso. Axel me mira con su cara de “¿estás seguro de que no quieres saltar un poco más?”, y yo le respondo con la mía de “ya me he sentido suficiente como un saco de papas volador por hoy, pero gracias por preguntar”.

Cinco minutos después, me encuentro en el gimnasio haciendo mi serie semanal de musculación. Abdominales, lumbares, piernas, brazos y espalda. Tener dusbstep en el mp3 ayuda. Recordar que mientras mejor hagas tu preparación física, más listo estará tu cuerpo para entrenar/crear/hacer-circo-en-general ayuda, también.

La clase que sigue es circo en sí. Por las siguientes dos horas, cada uno de nosotros se dedicará a hacer su especialidad circense. Normalmente hay un profesor por cada dos o tres alumnos y los malabaristas tenemos, a lo largo del año, seis profesores distintos. Es un lujo.

Termino de comer la naranja que tengo entre manos y saco las pelotas de la mochila. Elijo una al azar y empiezo a jugar con ella a modo de calentamiento. Toivo llega y se pone a calentar también (aunque él lo hace con una clava, que es el objeto en el que se especializa). Eventualmente llega también Phillipe, el profesor.

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Phillipe es bajo, utiliza lentes y sus clases no tienen rodeos: tú entrenas, él te corrige. Es, sin embargo, detrás de esta fácil estructura que se esconde su maestría. La tensión muscular innecesaria, los pasos de más o las repentinas muecas que se dibujan en tu cara cuando estás intentando una figura especialmente difícil, son todas cosas que Phillipe buscará, encontrará y hará todo lo que pueda hacer para que dejes de hacerlas. Toivo y yo comenzamos con lo fácil y avanzamos, gradualmente, hacia lo caliente. Mientras tanto, Phillipe se turna entre el uno y el otro para darnos su casi imperturbable atención.

La corona, un movimiento en el que malabareo cinco pelotas con las manos por encima de los hombros, cumple con las expectativas: en solo siete intentos logro las cinco repeticiones exitosas (o sea, sin pelotas cayendo al suelo) que estaba buscando. Por otro lado, el contact (estilo en el que las pelotas ruedan por tu cuerpo sin despegarse de él) no termina de cuajar: las pelotas hacen el recorrido planeado, pero los movimientos nos son lo suficientemente fluidos. Insisto un poco, sin éxito, y eventualmente paso a la siguiente parte del programa de entrenamiento sin estresarme: ya lo intentaré de nuevo en la segunda sesión de malabares del día.

Pronto el olor de la comida del comedor llega. No es para nosotros (es para los niños del colegio vecino), pero es la señal de que falta poco para nuestra hora de almuerzo. Hacemos las últimas repeticiones salivando y muchas gracias y hasta mañana.

En la sala de estudiantes, el lugar donde comemos, el primer y el tercer año (el segundo no, porque andan ocupados creando un espectáculo en un teatro en las afueras de Bruselas) comentan el día. Mientras espero que se libere alguno de los microondas, lleno mi botella de agua y me la bebo. Marc, nuestro preparador físico, nos hizo hace un año, y de manera sorpresiva, mear en un vaso de plástico transparente. Cuando terminamos, cogió los vasos y los ordenó poniendo los más transparentes primero y los menos al final. De entre los catorce competidores, tres estaban bien hidratados y once fallamos miserablemente. “La hidratación es importante”, fue la lección del día y, desde entonces, cada vez que bebo agua pienso él. También cada vez que meo. De vuelta al comedor, termino de comer y comienzo a sentir el peso de haber vivido dos años en Madrid: es hora de la siesta. Subo las escaleras, entro en la sala de danza y me acurruco. Me despierto cuando Rose, compañera de la promoción, llega. Ella se sienta, yo comienzo a desperezarme y pronto la puerta se vuelve a abrir y entra el resto de la promoción junto con Silvia, la profesora de danza.

Las clases de danza de esta semana han sido bastante especiales. Con la meta de hacernos sentir cómo es ser el compositor y director de una pieza, Silvia nos organizó en grupos de tres o cuatro e hizo que cada uno escribiera una lista de acciones posibles (rascarse, patinar, pestañear, etc.). Escritas estas, debíamos elegir las que más nos interesaran, darles un orden y describir cómo es que pasaríamos de una a la otra. Luego, debíamos explicarle la partitura al resto del grupo y dirigirlos mientras ellos intentaban llevarla a cabo. El resultado sería presentado al final de la clase.

Mientras que nos dirigimos los unos a los otros, Silvia, española que viajó a Francia para estudiar danza cuando tenía veintipocos años, suelta comentarios a modo de sugerencias: no hay órdenes, hay diálogo. Su tono es cálido, sí, pero sus opiniones claras y precisas. Ya no tiene veintipocos y se nota: la experiencia toma la palabra.

Eventualmente, es hora de presentar lo creado. Pasamos por grupos y, en frente del resto de la promoción, hacemos las rutinas que tenemos. Luego escuchamos sus comentarios y respondemos las preguntas. Es casi el final del día y estamos cansados (los cuerpos a medio fundir apoyados en la calefacción son una buena evidencia de esto), así que las opiniones vienen en paquetes compactos, aunque valiosos.

Silvia da por terminada la clase cuando todos hemos pasado. Mochilas al hombro. La mayoría se dirige a las duchas. A mí todavía me quedan un par de horas. Como malabarista, normalmente me puedo permitir entrenar entre tres o cuatro horas diarias sin riesgo a lesionarme por sobrecarga muscular. A veces es genial poder dedicarle tanto tiempo. A veces es lo último que querría hacer. Lo hago día tras día, sin embargo, porque de alguna manera no puedo evitarlo. ¿Somos adictos a las cosas que nos apasionan? Últimamente me lo pregunto bastante.

Dos horas más de entrenamiento, duchas ¡al fin! Caminar a casa. Besito de bienvenida. Garbanzos con verduras y un toque de curry. Leer y a dormir. Buenas noches.

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