Vida, solo hay una por Miguel Garcia Llorens

21 marzo of 2015 by

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Tengo treinta años. Llegué a Francia hace siete y los últimos cuatro los he vivido en París. ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Qué me impulsó a venir ? ¿Qué buscaba? ¿Qué creía que iba a encontrar? Y entonces, ¿Qué encontré?

 


Siempre he querido hacer muchas cosas. Generalmente, todas al mismo tiempo. A veces, una a la vez. De niño quedé marcado por una frase sobre la vida que había escuchado decir a los adultos: vida, solo hay una.

Desde entonces, decidí que aprendería muchas y diversas cosas, que no me quedaría por mucho tiempo en un mismo lugar, ni haría siempre lo mismo, y que de esa manera mi vida sería más libre y móvil. Miro hacia atrás y me concentro en los últimos diez años. Revivo y observo la cantidad de cosas que he hecho, que he venido haciendo. Muchas veces de forma intuitiva y por curiosidad, y la manera en la que mi vida se volvió una “acumulación de competencias”, de saberes, de técnicas, de prácticas y de aprendizajes.

Hace diez años exactamente, a principios del verano, me inscribí en un taller de danza contemporánea dictado por Christian Olivares. Había decidido dejar de formar parte de la Selección Nacional de Voleyball. Estudiaba publicidad en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación en la PUCP y había empezado, también, a practicar acrobacia y aéreos con Miquel de la Rocha, Violette Hocquenghem y Mosi Espinoza.

Fue un gran cambio pasar del deporte de alta competencia a la práctica de técnicas corporales y, felizmente, artísticas. Estaba muy acostumbrado al entrenamiento físico, a la disciplina, la regularidad y a trabajar con mi cuerpo. Las acrobacias y los aéreos me daban eso en cierta medida. Fui descubriendo muchas cosas sobre el movimiento, sobre el cuerpo y sobre mí mismo. Pero lo más importante fue que este cambio me permitió reconectarme con algo que ya había sentido antes y que me había gustado: actuar, estar en escena, el vértigo y la fragilidad del escenario. Me di cuenta que había encontrado una práctica que combinaba lo físico y lo artístico, con lo escénico. Decidí entonces cambiarme a la especialidad de Artes Escénicas. Quería tener más herramientas para poder desarrollar mi “nuevo proyecto”, en el que utilizaría el circo y la performance física como medio para crear “objetos escénicos”. Además, postulé y fui aceptado, poco tiempo después, en la escuela de circo de La Tarumba, mientras continuaba con los estudios universitarios en paralelo.

Fue un período enriquecedor y divertido que duró casi dos años. Entre la universidad, La Tarumba y las clases de acrobacia en el colegio peruano-chino Juan XXIII. Aprendí mucho. Hice varias cosas nuevas y diferentes, y conocí mucha gente. El circo me daba un espacio de libertad, de apertura. Algo que no era fácil de encontrar en una ciudad como Lima. Este contexto de diversidad se consolidó en mí la necesidad de conocer otras realidades, de vivirlas.

Eran mediados de 2008. Yo tenía veinticuatro años y me sentía preparado para ir más lejos. Quería salir de Lima y este era un buen momento para hacerlo. Le expliqué a mis padres mi proyecto. Llené formularios. Hice videos. Pedí ayuda y consejos. Mandé muchos papeles y repasé el francés que había aprendido en el colegio. Pedí visas…Y finalmente, fui aceptado en la escuela de circo de Rosny-sous-Bois (ENACR), en Francia. El cambio fue grande, el ritmo intenso, el frío peor y la exigencia más. Tanto como la soledad y el enfrentarse a uno mismo. Sin referentes fijos como antes, sino nuevos por construir. Pero eso era algo que yo había querido vivir y que, al fin y al cabo, formaba parte de crecer.

Ese primer año fue determinante. El circo se parecía cada vez menos a lo que yo tenía en mente. Mientras que la danza se presentaba como un espacio abierto, híbrido y de convergencia, entre y para el arte plástico, digital/numérico, corporal y conceptual. La danza me interpelaba cada vez más, me daba curiosidad, me gustaba.

Tuve que tomar una decisión: persistir en una escuela superior de circo, que suponía continuar, durante los tres años siguientes, en un medio en el que me sentía cada vez menos legítimo, o postular a escuelas de danza, y cambiar otra vez. Abrirme a lo que para mí significaba una novedad. Seguí mi curiosidad y mi intuición, y fui aceptado en la escuela superior del Centro Nacional de Danza Contemporánea (CNDC) de Francia.

Fueron dos años de mucha información, teórica y práctica. De estar en contacto con el trabajo de diversos artistas y pensadores franceses e internacionales. De aprender diferentes técnicas y acercamientos a la danza contemporánea. Por ejemplo, las técnicas y el trabajo somático como herramientas y soporte para el movimiento. Aprendí también a cuestionarlas. Además de una intensa y fecunda convivencia con las(os) demás estudiantes del programa, venidas(os) de todas partes.

La escuela nos consideraba artistas en formación. Nosotros éramos la escuela y la escuela nuestra responsabilidad. Discutíamos regularmente, junto con la dirección, sobre el contenido y la pertinencia de los programas de cada ciclo, pues para ellos nuestra opinión y retroalimentación era necesaria para continuar y seguir desarrollando la formación. Además, nos confrontaban a situaciones de transmisión y sensibilización (pedagogía de la danza) así como también nos proponían espacios de búsqueda y creación personal para interrogar lo que aprendíamos o para desarrollar nuestro proyecto personal, “en movimiento”. Fui parte de esta formación entre el año 2009 y el 2011, mientras hacía en paralelo una licenciatura en la Universidad Paris VIII, también en danza.

“d’après une histoire vraie” (basado en una historia real) creada en julio del 2013 en el Festival d’Avignon. Coreógrafo: Christian Rizzo.

Desde entonces trabajo como artista/intérprete para varios coreógrafos(as), en proyectos de creación colectiva, de recreación histórica (trabajo en base a archivos), dicto talleres para profesionales y amateurs en diferentes contextos e instituciones…Y desarrollo, poco a poco, mi propio acercamiento al movimiento.

Y sigo teniendo en mente tantas otras cosas que quisiera saber hacer: diseñar luces para espectáculos, trabajar con la tierra y el torno (cerámica utilitaria). Hacer una formación en alguna técnica somática o de “acompañamiento”, ser bombero…Y el tiempo sigue pasando y siento que no podré hacer todo lo que quiero. Afortunadamente, sin embargo, algo ha cambiado en mi forma de ver la vida. En realidad, no hay solo una vida, sino muchas vidas en una.

 

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